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Creo que la primera vez que vi a Quim Gutiérrez fue como en 2006, poco después de que estrenara Azuloscurocasinegro. Se acababa de mudar de Barcelona a Madrid, al igual que algunos amigos míos de edades parecidas, así que durante un tiempo tuvimos una pandilla en común de simpáticos veinteañeros. Un íntimo me cuenta que le hacía ilusión cuando Quim le llevaba en moto (¡nadie tiene moto en Madrid!), pero yo solo recuerdo fragmentos de esa época: mi condición era más de satélite en aquella relación. Lo que sí vive claramente en mi cabeza es el primer retrato suyo que publicamos en Vanidad, sonriendo con un polo azul, y me acuerdo perfectamente porque ya entonces su sonrisa era desarmante. Indudablemente Quim es guapo, pero no de una manera perfeccionada o manufacturada: la sonrisa de Quim es como el tartamudeo de Hugh Grant, un activo, un recurso y un rompehielos que pertenece obviamente a la persona, pero también a sus personajes, y nunca sabrás cuánto hay de cada uno. Seguramente también sea un arma, pero ¿a quién no le gusta esa sonrisa?
Quim aparece sonriendo en la portada del último número de ICON y en la mayoría de las fotos del reportaje, como si estuviera celebrando un título, El año de Quim, que es bastante pertinente. Este 2026 ha ido a Cannes con Amarga Navidad, la película de Almodóvar donde interpreta a la pareja del protagonista, un trasunto del director encarnado por Leonardo Sbaraglia (aunque en este papel Quim sonría menos: guarda un amor tristísimo bajo sus coloridos jerséis de Prada). Y ahora estrena Haciendo amigos, una comedia de verano que coprotagoniza con Antonio Resines. Su registro es amplio: “Cada vez que hago la declaración de la renta y evalúo los proyectos del año veo que son muy variopintos”, le dice riendo a Sofía Ruiz de Velasco en la entrevista. Quim ha desarrollado armas para que cada año sea su año: “Para mí actuar tiene que ser un sufrimiento placentero. Esto no es psicoterapia y no es penitencia”, advierte. El texto es una lección de cómo manejar el éxito y la fama y mantener la cordura sin convertirte en un robot. Igual porque Quim se ha construido una vida exactamente a su medida: vive con su mujer y sus dos hijos en el campo, a 45 kilómetros de Madrid, con la privacidad que exige y el espacio adecuado para sus aficiones, porque le gusta zambullirse en diversas disciplinas —arte, música, fotografía—, digamos, hasta el fondo. “Soy obsesivo positivo, si es que eso existe”, le cuenta a Sofía.
Este es el año de Quim, pero también es el año de más gente, para empezar de los 30 empleados de Vajillas La Cartuja, la histórica fábrica sevillana que, después de anunciar su quiebra, ha sido salvada por Gabriela Luksik y Mar Madrid (la historia la podrán leer muy pronto en la web de ICON Design). Asistimos a la primera hornada de esta nueva era, que garantiza la continuidad de los platos Bellavista, 202 Rosa y demás iconos de las comidas familiares. También es el año de Robbie Williams y su disco Britpop: “Yo no formé parte de ese movimiento, ¡no me dejaron! El título era una forma de molestar a las personas adecuadas y, viendo los comentarios, creo que lo he conseguido”, le dice el ex Take That a Marita Alonso en una entrevista maravillosa (aunque ella era más de Howard). Para terminar, no sé si 2026 es el año del chiringuito pero, siendo verano y con el calor que está haciendo, le hemos dedicado un reportaje a este inefable templo del veraneo español (este, también, estará disponible pronto en la web de ICON). Firma el texto Enrique Rey, nuestro corresponsal en el Mar Menor, y su criterio es muy de fiar porque precisamente acaba de publicar Melón con jamón (Temas de Hoy), un ensayo sobre... el veraneo español.
Solo una cosa más, querido lector, antes de soltarle el brazo: Javier Ambrossi, como sabrá, ganó junto a Javi Calvo el premio a la mejor dirección en la última edición del festival de Cannes. Nos ha pedido que le comuniquemos que, de momento, pone en pausa su columna. Nosotros seguimos aquí. ¡Feliz verano!
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