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Mediados de junio. Una plaza, una terraza de bar y un grupo de amigos. Un puñado de españoles, un francés y dos argentinos. El Mundial apenas había echado a andar. “Los españoles no os merecéis ganar la Copa. No lo vivís”. Jocosa, ella. Pero en plan: Hablo en serio. Miradas de complicidad. Cierto sarcasmo. “Nah, no nos gusta el fútbol nada en esta mesa”. Risas.
¿Quién merece más ganar un Mundial?, me pregunto hoy. Hablamos aquí, ahora, de la gente, de los aficionados, de los advenedizos, incluso, de esos que en los Mundiales se suben al carro del fútbol, que tan felices y entretenidas nos hace las tardes (y las noches esta vez) del mes de julio. ¿Lo merecen más los sufridores, los pasionales, los exagerados, los dolientes? ¿Es justo despreciar el amor por el juego y las filigranas, por el orden táctico y los pases verticales, por los cambios de orientación o los controles magistrales de un seguidor al que no se le dispara el pulso ni alza la voz?
Qué tan diferentes somos argentinos y españoles viendo el fútbol. Y cómo deseábamos ver a nuestras selecciones desfilar por Nueva York este domingo.
Argentina, rival de España tras otro sufrido partido, ha llegado a la final de este Mundial impulsada por su propio deseo, por el convencimiento de que así debía ser. Pero también por que ese subidón de adrenalina le ha dado instantes de fútbol mayúsculo gracias al liderazgo de Messi. Puro reflejo de una sociedad pasional que vive agarrada al recuerdo de los instantes más felices de los últimos años: la consecución de la tercera estrella en el Mundial de Qatar cuando todo parecía desmoronarse en Buenos Aires, a miles de kilómetros de distancia. Cuatro años después, convertido Leo al fin en el líder mayúsculo que siempre fue (y algunos tardaron demasiado en ver), las cábalas son las mismas de entonces. Que si la misma ropa, que si el mismo bar…
"La primera vez que mi viejo me compró un par de botines siempre soñé con hacer este gol", se arrancaba anoche Lautaro Martínez tras una larga pausa, la cara tapada, el llanto ahogado. Él remató la remontada que lo hizo posible. Y la Albiceleste volverá a una final. "Se lo avisé, le dije a Alexis que iba a marcar gol", se confesó. Eso es mufa, Lautaro.
O no. Quizá las cábalas no sirven. La mufa no es. Y la meritocracia no existe.
Es solo fútbol.
Y por eso nos encanta.
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