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Mientras el presidente Donald Trump carga contra la OTAN y otros países por darle la espalda en su plan para recuperar el paso del estrecho de Ormuz —bloqueado por Irán en represalia por la guerra iniciada por EE UU e Israel—, las mayores crisis humanitarias del mundo se agravan ante la mirada impávida del mundo. Con la crisis en Ormuz, también se han cerrado las puertas a una de las arterias clave para el flujo de la ayuda a emergencias humanitarias en África subsahariana, Oriente Próximo y otros rincones del mundo.
Esta semana, cuando hablé con Carl Skau, subdirector ejecutivo del Programa Mundial de Alimentos (PMA), para un reportaje sobre el impacto del cierre de este corredor marítimo sobre las operaciones de organizaciones de la ONU y distintas ONG, este llamaba la atención sobre la poca atención que este problema recibe. “Se habla mucho de geopolítica, economía, estrategia militar, armas, petróleo y energía. Pero no se habla lo suficiente de los millones de personas que se ven atrapadas en esto y que realmente están sufriendo”, alertaba Skau, que acaba de regresar de Líbano, donde había visto de primera mano otro de los frentes de este conflicto que se expande.
En la llamada, me explicó cómo la guerra en Oriente Próximo había encarecido las cadenas de suministro del PMA justo en un momento de doble crisis: “Tenemos unos niveles históricos de hambre, con 300 millones de personas en inseguridad alimentaria aguda. Y, además, el año pasado sufrimos una caída del 40% en nuestra financiación”, lamentaba.
Como el PMA, los recortes a la ayuda humanitaria afectan el margen de maniobra de organizaciones como Save The Children y Médicos Sin Fronteras. Aunque quieran buscar alternativas para que los alimentos y medicamentos lleguen —pese al bloqueo de Ormuz y los constantes cierres del espacio aéreo en el Golfo Pérsico—, las opciones reales se reducen si hay menos dinero que antes. “Nuestra capacidad para ser también más ingeniosos a la hora de explorar otras vías se ve mermada”, advertía, desde Amán, Ahmad Alhendawi, director de Save The Children para Oriente Medio, Norte de África y Europa del Este.
Y puede ponerse aún peor. El PMA ha advertido esta semana de que la guerra iniciada por Trump y Netanyahu llevará el hambre a un récord histórico: hasta 45 millones de personas más podrían entrar en inseguridad alimentaria aguda en 2026 si el conflicto persiste. Hoy, precisamente, publicamos una tribuna en la que el Centro Internacional de Mejoramiento de Maíz y Trigo (CIMMYT) alerta de que Oriente Próximo y, en general, el mundo, se asoma a una crisis alimentaria.
Mientras Trump se plantea cómo “liquidar lo que queda de Irán”, los más vulnerables se las arreglan para mantenerse a flote. En Gaza, por una parte, comerciantes locales y ciudadanos ven cómo los precios de los alimentos vuelven a dispararse tras el cierre de fronteras ordenado por Israel “por razones de seguridad” tras el inicio de los ataques contra Irán, como lo cuenta Ahmed Abu Kmail. En los países del Golfo Pérsico, millones de migrantes subsaharianos, que trabajan en la construcción, la hostelería o los servicios, evitan sucumbir al miedo, pese a que los misiles vuelan sobre sus cabezas. “Rezo por la paz, porque la paz aquí es la supervivencia en casa”, decía a EL PAÍS Meron, una trabajadora del hogar etíope.
Me despido, les dejo con más temas destacados de esta semana.
Un abrazo, nos leemos la próxima semana.
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