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El sector humanitario se desangra y la hemorragia deja a su paso un reguero de despidos masivos, reducción de programas esenciales y una reestructuración de prioridades para decidir a quién se le puede seguir prestando ayuda. El cierre de USAID, la agencia de cooperación de Estados Unidos y el mayor donante del mundo, unido a los recortes en la ayuda oficial al desarrollo de varios países europeos (entre un 9% y un 17% en 2025, según la OCDE) y al clima de hostilidad contra las ONG ha empujado al sector humanitario al borde del abismo. Solo en 2025, ocho agencias de la ONU, ocho grandes ONG internacionales y el Comité Internacional de la Cruz Roja anunciaron más de 31.000 despidos. Si además se incluyen a las organizaciones locales, que son las más afectadas, el desastre no tiene precedentes.
En Planeta Futuro llevamos un año hablando de las consecuencias de estos recortes: el año pasado, por primera vez en lo que va de siglo y tras años de avances, aumentaron las muertes de menores de cinco años, de 4,6 millones a 4,8 millones, según la Fundación Gates. Y según la revista científica The Lancet, si no se frena la sangría, dentro de cuatro años morirán 22 millones de personas más. Piensen en la dimensión de la cifra: es casi la mitad de la población de España.
No se trata de números abstractos: cada empleo perdido son manos que ya no ayudan a otras personas, que ya no ponen vacunas, que no llevan alimentos o que dejan escuelas desatendidas y a niños sin educación. Por eso, hay una pregunta que es inevitable plantearse: ¿cómo hemos llegado hasta aquí?
La debacle del sector humanitario no es una tragedia aislada ni técnica, sino el resultado de decisiones políticas. “En el momento en el que más auditadas estamos las ONG y más medimos nuestro impacto, es sin embargo cuando más se nos cuestiona”, me contó una cooperante. Las narrativas que ponen en entredicho la utilidad de las ONG y las campañas de desinformación que las presentan como corruptas, impulsadas por el auge de la ultraderecha, acaban con el discurso de la solidaridad global: los gobiernos que recortan en ayuda al desarrollo no sufren una pérdida de apoyos electorales. Por eso VOICE, una coalición de más de 90 ONG europeas, acaba de lanzar una campaña para tratar de cambiar esta narrativa y demostrar los efectos tangibles de la ayuda humanitaria en vidas salvadas y más protegidas.
Pero más allá de la solidaridad, los trabajadores del sector recuerdan que, en un mundo interconectado, apostar por la ayuda humanitaria es también invertir en seguridad global. Interrumpir tratamientos, por ejemplo, no solo pone en riesgo la vida de quienes los necesitan, sino que puede afectar a la salud global, al facilitar la propagación de enfermedades prevenibles. Porque nadie va a quedarse en lugares en los que sabe que va a morir por el hambre, la guerra o enfermedades para las que no hay medicinas disponibles porque han cerrado todas las clínicas. Migrar, incluso atravesando las rutas más peligrosas, ofrece, al menos, una oportunidad para vivir.
Algunos expertos alertan que esta contracción del sector podría volverse estructural, es decir, difícil de revertir incluso si mañana hubiera más financiación. Cuando se pierde personal cualificado y se cierran sedes locales, reconstruirlo lleva años. Aunque el mayor riesgo es normalizar que millones de personas no dispongan de los recursos necesarios para tener una vida digna.
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