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Buenos días a todo el mundo. Hace unas semanas hablé con mi colega Declan Walsh, quien estaba reportando desde el epicentro de la epidemia de ébola. Una cosa que se me quedó grabada fue la indignación que describió contra muchos de los trabajadores de la salud que intentaban contener el brote. Eso me recordó a algo que presencié en Alemania durante la pandemia de la covid. Allí, también, a menudo se respondía con ira a aquellos cuyo objetivo era ayudar. Hubo protestas semanales contra las restricciones, algunas de ellas violentas. Un empleado de una gasolinera fue asesinado cuando le pidió a un hombre que se pusiera un cubrebocas. ¿Qué tienen las crisis de salud que despiertan tanta furia? En esta edición, mi colega Sheri Fink explica por qué la hostilidad contra los trabajadores de la salud es un fenómeno con el que muchas sociedades han tenido que lidiar durante siglos. También:
Por qué las epidemias desatan la indignación contra los trabajadores de la saludPor Sheri Fink Los esfuerzos para contener el ébola en la República Democrática del Congo no comenzaron bien. Los pacientes huyeron de una unidad de tratamiento cuando miembros de la comunidad le prendieron fuego. La gente también agredió a un equipo de entierro y obligó a los trabajadores a entregar un ataúd. Sería fácil atribuir reacciones como esta a una mala comprensión de cómo se propagan las enfermedades. Pero los disturbios ocurridos durante las epidemias no tienen que ver con el ébola, con África o con la educación. Es algo con lo que las sociedades han lidiado por siglos, en países ricos y pobres, en tiempos modernos y medievales. Durante la pandemia de coronavirus, los médicos, enfermeros y funcionarios de salud de todo el mundo no solo recibieron aplausos y gratitud; también recibieron amenazas de muerte. Hubo pacientes que murieron de covid mientras negaban que existiera. Los expertos señalan que los brotes a menudo provocan una mezcla contradictoria de respuestas. Primero, la gente niega la realidad y posterga los cambios de comportamiento que podrían detener la propagación. Después exigen explicaciones, a menudo culpando a individuos, grupos dentro de la sociedad y, a veces, a los médicos. Finalmente, la gente toma medidas. En el Congo, cuando miembros de la comunidad armados sacan a un niño de una unidad de tratamiento de ébola, “podemos ver eso como algo irracional, ilógico, de cierto modo anticientífico”, dijo Megan Schmidt-Sane, una antropóloga médica estadounidense que ha asesorado a grupos humanitarios que combaten el actual brote de ébola. “Sabemos que se trata de mucho más que eso. Se trata de historia, cultura y política, e incluso simplemente de cómo las personas aman y cuidan a los familiares enfermos”. Solo cuando entendamos estas tendencias, afirman ella y otros académicos, podremos manejarlas. La enfermedad engendra desconfianza Antes de que se descubriera que los gérmenes causan enfermedades, los humanos buscaban respuestas que pudieran explicar las oleadas de enfermedad y muerte. Durante la peste negra en el siglo XIV, los europeos masacraron a judíos, catalanes y a otras personas a quienes acusaban de envenenar los pozos. Incluso cuando surgieron las explicaciones científicas, la gente siguió enfrentándose por la propia ciencia. Hoy en día, podemos fotografiar los virus más diminutos y secuenciar sus códigos genéticos, pero aún quedan misterios y debates considerables sobre cómo surgen, se propagan y matan los patógenos.
Las teorías conspirativas sobre las enfermedades siempre han acompañado a los brotes, aunque ahora se propagan mucho más rápido. Samuel Cohn, profesor de historia medieval en la Universidad de Glasgow, descubrió que durante los brotes de cólera en los siglos XIX y XX, las personas empobrecidas de lugares tan distintos como la ciudad de Nueva York y la Rusia zarista “produjeron fantasías similares que acusaban a las élites de conspirar para sacrificar a las poblaciones de pobres”. Esta desconfianza llevó al asesinato de profesionales médicos “y la destrucción ritual de hospitales y equipo médico”. A veces es el Estado quien siembra la culpa. A principios del siglo XX, los otomanos acusaron a los armenios de propagar el tifus, y los nazis acusaron a los judíos de lo mismo. Y en los últimos años, las teorías conspirativas pueden recorrer el mundo más rápido que la propia enfermedad. Hay algunas razones simples por las que la gente en el Congo desconfía de los hospitales en el brote actual. La enfermedad no tiene cura y actúa muy rápidamente. Muchos pacientes que han ingresado al hospital no parecían estar muy enfermos pero luego murieron rápidamente, lo que aumenta el temor de enviar a sus familiares allí. Pero el brote de ébola es también apenas el episodio más reciente tras décadas de conflicto y sufrimiento, abandono por parte del Estado y violencia colonial y poscolonial. Bajo el dominio colonial belga en el siglo XX, las autoridades confinaban a las personas sospechosas de tener la enfermedad del sueño —una enfermedad parasitaria propagada por la mosca tsetsé— y experimentaban con tratamientos tóxicos a base de arsénico. Las investigaciones sugieren que este tipo de prácticas contribuyó a una desconfianza persistente hacia la medicina en numerosos países africanos. “Tanto la medicina como el humanitarismo se han utilizado” para promover los intereses de entes externos, dijo Myfanwy James, profesora adjunta británica de desarrollo internacional en la Escuela de Economía y Ciencia Política de Londres. “Estas sospechas tan arraigadas se basan en la experiencia histórica”. Logrando avances
En las últimas décadas, los antropólogos han intentado tender un puente de entendimiento entre los equipos de respuesta de salud pública y las comunidades afectadas por enfermedades mortales. Muchos países africanos ahora incluyen antropólogos en los equipos de respuesta a brotes, dijo Julienne Anoko, una antropóloga camerunesa que trabaja en participación comunitaria para la OMS. A partir de las lecciones aprendidas en brotes anteriores, los trabajadores de la salud en el Congo están adaptando las prácticas funerarias para respetar las creencias de las comunidades y, al mismo tiempo, reducir el riesgo que representan los cuerpos infectados. También, tras recibir quejas, se cambió de lugar la entrada de una unidad de aislamiento para que los pacientes que ingresan no tengan que pasar por una morgue. Ese trabajo es minucioso; los resultados pueden ser insatisfactorios. Y el desafío más amplio de contener la epidemia se mantiene: a dos meses de iniciada la respuesta, la cantidad de nuevos casos de ébola sigue creciendo más rápido que en cualquier brote anterior. Más de la mitad de quienes contraen la enfermedad están muriendo sin entrar en contacto con los equipos de respuesta al ébola. Pero en los lugares donde los trabajadores de la salud han logrado hacer que se entienda la verdadera naturaleza de la amenaza, más personas están buscando ayuda. Ellos “aceptan que el virus los está matando”, dijo Anoko, “y tienen miedo de morir”. Lee el artículo completo de Sheri aquí (en inglés). OTRAS NOTICIAS DESTACADAS
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